Maniáticos: Vegetarianos

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Fibra 29 Abril 2005

Maniáticos: Vegetarianos

Por:

Maria Paz Cuevas

No comen carne en un país donde el asado es institución. La detestan porque representa el sufrimiento de los animales o simplemente porque es un veneno para el organismo.

Algunos lo decidieron desde niños. Tienen distintos nombres y motivaciones para abstenerse de comer cadáveres y seguir una dieta que los mantiene delgados y con la conciencia tranquila.

Marco Fonseca (24) era el típico chileno parado al lado de la parrilla con un vaso de cerveza en la mano, dispuesto a comer tanta carne como su estómago diera abasto; el estudiante que se llenaba con sopaipillas y completos de carros ambulantes y que al llegar a su casa, después de los largos trabajos de taller en arquitectura, abría el refrigerador y comía lo que pillara. Pero seis meses atrás, Marco se enfermó de bronquitis y de un día para otro cambió sus costumbres. Botó su cajetilla de cigarros casi íntegra, anunció a su familia que no iba a comer más carne y se convirtió en higienista. Hacía poco que estaba yendo con una amiga a unas charlas en las cuales un hombre delgado hablaba sobre “higienismo”, la ciencia de la salud. Una forma de vida que propone una dieta exenta de café, té, sal, carnes rojas y blancas, leche, edulcorantes y pan blanco, para limpiar las tuberías del organismo de tal manera que uno no se enferma nunca más. Marco ya tenía en la cabeza la idea de seguir una alimentación más sana, pero su dolencia lo convenció. “¿Bronquitis? Tener eso cuando grande es una lata. Siempre tuve problemas respiratorios, pero dije esta cuestión no puede seguir así”. De los 82 kilos que pesaba, hoy sólo quedan 69. Después de comer unos porotos verdes, lechuga y papas cocidas, Marco explica que su vida cambió. Ahora se siente más liviano y casi nunca tiene hambre. “Me siento con más energía. La comida no es un vicio ni una distracción: se transforma sólo en lo necesario”.

Pero su particular dieta lo complica. Sobre todo cuando lo invitan a asados en los que casi no puede comer nada. “Para los cumpleaños te traen canapés y digo no gracias, no tengo hambre.

Siempre con chivas, porque si empiezas a explicar se transforma en una lata. La gente se siente mal cuando uno no come, así es que es difícil”, dice. Quizás por esto último una vez se tentó.

Después de una fiesta vio a sus amigos mascando unos churrascos enormes a la hora del bajón y pidió uno con palta, tomate y mayonesa. Al rato le dolió el estómago. Su cuerpo ya no estaba acostumbrado a recibir esa bomba alimentaria. Ahora los amigos le facilitan las cosas. Le preparan anticuchos de papas, ensaladas de todo tipo si lo convidan a almorzar o frutas picadas si es un cumpleaños. Marco no ha vuelto a enfermarse. El hombre que promocionaba el higienismo no lo defraudó. Se llama Mauricio Gatica, tiene 49 y se ve veinte años menor. Tiene el pelo negro y largo y se ve delgado y vigoroso, como él se describe.

No usa desodorante porque no transpira, dice que nunca tiene frío ni calor. Se lava los dientes con su propia saliva. Es higienista estricto hace treinta años, desde que estudiaba medicina en la Universidad Complutense de Madrid, decepcionado de la carrera. “Me frustré mucho porque con la medicina tú no puedes mantener sana a una persona. Lo que haces es eliminar síntomas. Las terapias te enseñan a cojear mejor, pero el higienismo quiere que tú aprendas a caminar”, explica.

Luego de conocer el caso de un profesor suyo que se había curado de cáncer gracias al higienismo, Mauricio abandonó la carrera y estudió durante cinco años en Alemania y España.

Ahora está convencido de que esta disciplina -que desde 1991 da a conocer en Chile- es la única vía para mantener la salud: “Si tú pones en fila toda la tubería de tu cuerpo, linfas, arterias, venas, eso mide miles de kilómetros. El higienismo hace que no se acumule basura en la tubería y el fluido sea más limpio. Y con eso es imposible que te enfermes. Es muy diferente terminar de vivir a terminar de morir. Un cáncer no se forma en los últimos diez años, se forma en cuarenta años.

Terminar de vivir es lo contrario: es tener el cuerpo limpio toda la vida y cuando se acaba la cuerda, te mueres”.

Mauricio es de ideas fijas. A los nueve años decidió que jamás fumaría, tampoco bebería alcohol y que nunca visitaría los países que hubieran sometido a otros más débiles. Se adaptó a la dieta higienista con completa convicción, porque encontró respuestas en un mundo que veía patas para arriba. Cree que muchas cosas normales -enfermarse, comer carne y tomar leche- no son naturales. “Nosotros no creemos en los cuentos científicos. Para nosotros el laboratorio es la peor forma de aprender. En los laboratorios estudian la salud en enfermos, en cadáveres, en ratas, y ahí precisamente no hay salud. Después eso se lo aplican a la gente. O sea la gente vive como ratas.

Para mí, las ciudades son como criaderos de pollos”.

En su página web, www.higienismo.cl, aparecen algunos milagros médicos que Mauricio logró al cambiar la dieta de los enfermos. Dice que ha curado varios cánceres, ha eliminado la obesidad e incluso ha evitado la amputación de extremidades.

En su cocina, distintas frutas rebasan los platos. Tiene estanterías repletas de libros sobre el tema alimentario. Hace unos años se separó de su esposa porque ella no era vegetariana como le había dicho. “Imagínate: tú eres cristiana y te casas con un gallo cristiano que a las tres de la mañana hace una cuestión satánica con fuego, degollando animales. Para mí sería más fácil casarme con una satánica que con una mujer que no es vegetariana. Uno es lo que come”. Al salir de su casa Mauricio saca una pesa, escondida bajo un estante tras unas enredaderas gigantes, y me invita a subir. La aguja es implacable. “Uy. Estás pasadita. ¿Sabes que de los 25 a los 28 años uno deja de crecer y si estás gordita luego serás el doble?”. Me despido de Mauricio y a la hora de almuerzo sólo me atrevo a pedir una ensalada en vez del pollo con papas fritas imaginado.

Olor a sangre

La profesora básica Paula Fuenzalida, de 24 años, tenía cuatro cuando decidió no comer carne. En la sala donde cursaba prekínder, la tía le enseñó al curso una didáctica canción en inglés donde contaban de dónde provenían los alimentos. La pequeña Paula cantaba y escuchó una estrofa perturbadora: la carne viene de la vaca. Ese día, al llegar a casa, les preguntó a sus papás: “¿Para sacar la carne matan a los animales?”. Su mamá, sorprendida, trató de que su respuesta tuviera las menores consecuencias traumáticas posibles. Le dijo que esperaban que las vacas y los pollos fallecieran de muerte natural para arrancarles su carne. Pero la explicación no dejó satisfecha a la preescolar. Al otro día insistió con su profesora, que le confesó la verdad. Paula decidió dejar de comer carne. “Yo era muy sensible con las cosas, especialmente con el sufrimiento de los animales, así es que me negué a comerla”.

Desesperada, la mamá la llevó al pediatra para que le recomendara qué hacer con la vegetariana precoz. “Mire, déjela nomás. Quizás quiere llamar la atención y se le va a pasar sola”, le contestó el médico. Pero a Paula no se le pasó. Lleva veinte años sin comer ningún tipo de carne. Su aspecto y olor le producen asco. A los quince trató de revertir la decisión que había tomado tan chica porque le resultaba incómodo ir a almorzar donde sus compañeras o a un asado y explicar que era vegetariana. “Comí hamburguesa, porque es una cuestión visual lo que me produce el asco, y en la hamburguesa no notas que estás comiendo la parte de un animal, no es como el pollo asado al que le falta la cabeza y las patas”, recuerda. Pero a los pocos minutos se sintió mal, sintió el rechazo de su cuerpo. Desde entonces no ha vuelto a poner en duda su opción.

Ahora, como profesora de cuarto básico, ha vuelto a complicarse con el tema. A la hora de almuerzo tiene que convencer a sus alumnas de 10 años que se coman la colación, que les hace bien, que todo es delicioso y nutritivo. No puede decirles que es vegetariana. “Me da miedo provocar esa reflexión, porque al final mi razón para ser vegetariana la tomé cuando tenía cuatro años. Es raro y difícil de explicar”. En el resto de su vida cotidiana Paula ya no se hace problemas. Va a restaurantes de comida chatarra, pide un combo, le saca la hamburguesa al pan y listo. Si la convidan a un asado sabe

perfectamente qué comer para compensar el fierro que le falta de las carnes. Pero sus razones para seguir siendo vegetariana han variado. “Ahora no me parece malo que se maten animales para obtener carne, de hecho es normal, pero igual discrepo del modo en que viven esos animales.

Que tengan una gallina que no se pueda mover en toda su vida, engordándola sólo para que tú te la comas. Pero no como carne por costumbre y porque me da repugnancia cuando paso por una carnicería o por el sector carnes de un supermercado. Siento mucho el olor a sangre, soy muy sensible a ese olor”. Sólo en horario de clases Paula debe disimular, cuando sus alumnas le piden que les caliente el almuerzo en el microondas o le dan una empanada para el 18.

Ni ojos ni boca

Kohra Santosh (49) es naturista desde los 14 años. Su familia, bisabuelos, abuelos y padres son frugívoros y vegetarianos, y lo educaron sin comer productos derivados de los animales. Cuando niño comió carne un par de veces, pero nunca con placer, “siempre con el dolor de estar asesinando animales y con el malestar en el intestino”.

Kohra dice que es un ser de luz. Que su nombre lo recibió de un maestro iluminado en la India y que en realidad no tiene ninguno porque los nombres y apellidos son pura sangre. Y a Kohra no le gusta nada que tenga que ver con la sangre. Es amante de la naturaleza y de todo ser viviente.

“No como nada que tenga ojos ni boca. Se trata básicamente de no matar. Mientras más alimentos cadavéricos comes, más adrenalina te estás metiendo. Yo tengo 49, pero debo representar 30, tengo mi cuerpo elástico, con calugas, sin dolores de estómago, sin alcohol”, explica desde su casa a orillas del mar en Horcón.

Cuando no está en su casa y no tiene más opciones de alimentación que carne, Kohra se aguanta. “La vida no es comida, mi mente no está ansiosa. Me alimento del aire, de una hoja, del sonido del mar”.

Después de viajar por casi todo el mundo, decidió quedarse a vivir en la playa. Fue hace seis años y puso un spa junto a un amigo. Ahí Kohra enseña yoga, da masajes con piedras calientes (técnica que aprendió en Mongolia), realiza regresiones y terapias con productos naturales. Además, se dedica dos o tres horas diarias a cultivar su huerto de un cuarto de hectárea donde planta y cosecha la mayoría de los alimentos que consume. Tiene tomates, rúcula, lechuga, acelgas, zapallos y choclos. También prepara sus propios quesos pasteurizados y cocina en ollas de hierro para generar el nutriente que más poseen las carnes. “Es que soy fakir; como clavos, por eso no me falta fierro”, dice riéndose. Pero en serio habla duramente contra las costumbres carnívoras.

“Todas las carnes están producidas en forma artificial con hormonas, con testosterona. Yo como vida, no como muerte. Comer carne que tiene mucosidades, con sangre nauseabunda, matar a miles de animales por llenar barrigas de miles de cerdos es asqueroso”.

Su convicción es tan firme que sólo ha tenido parejas vegetarianas. Dice que en un beso puede distinguir si una mujer come carne o no, que las carnívoras tienen una acidez que las naturistas no poseen. El ha tenido ese sabor en la boca una sola vez, cuando viajaba por la selva boliviana y una tribu indígena lo recibió con dos jabalíes al palo y arroz cocido. En esa ocasión se comió una pata entera del animal, pero para él no fue una contradicción con su estilo de vida. “No me podía negar a algo que está cerca de mi naturaleza. Era una ofrenda, es conciencia. No es matar, matar y matar”. Kohra respira y me pregunta si como carne. Sí, le contesto, con el asado apoteósico del fin de semana en mente. “Ah, ¿viste? La mayoría de las personas no tienen acceso a la conciencia”. Media hora después pido por tercer día consecutivo una ensalada de lechuga, tomate y zanahoria que, por supuesto, no logra saciar mi hambre carnívora.

Leche espiritualizada

Eva Elías (22) es un diccionario nutricional ambulante. Conoce los componentes de casi todas las comidas, bebidas y golosinas del mercado. Así sabe qué puede comer y qué cosas le están prohibidas, es decir, todo lo que tenga el más mínimo rastro de componente animal. A pesar de que siempre ha sido vegetariana, porque su madre lo es y la crió como tal, hace tres años Eva reafirmó su convicción tras convertirse en devota hare krishna. Mientras estudiaba para arsenalera comenzó a frecuentar el restaurante de los krishna en el barrio universitario, y de a poco se fue interesando.

Sabe qué marcas de queso usan ácido intestinal de las vacas para su cuajo, cuáles jaleas están hechas con huesos animales y qué yogurts usan carmín de cochinilla, un colorante que se obtiene de un insecto rojo llamado cochinilla, que habita en Centro y Sudamérica. Y cada vez que va a un restaurante interroga al chef para saber con qué productos cocina. Su religión así lo requiere.

“Parte del proceso que practicamos tiene que ver con la alimentación y con desarrollar ciertas cualidades como la compasión. Es muy difícil ser una persona compasiva si ni siquiera tenemos compasión por los hermanos menores que son los animales. No comemos nada que provenga del sufrimiento y además ofrecemos todos los alimentos a Dios antes de tomarlos”, dice.

El único alimento animal que consumen los krishna es la leche. Eva explica que al ofrendársela a Dios antes de beberla se espiritualiza el proceso. “En las escrituras védicas, la vaca es considerada un animal sagrado que hace el papel de la madre. Cuando nuestra mamá ya no puede dar más leche, tomamos la de la vaca. De hecho, si a la vaca la alimentan y la cuidan con mucho amor y no tiene terneros, igual da leche. Es como un regalo”.

La hora de cocinar también es especial. Al preparar los alimentos debe tener las manos y la boca limpia y no puede probar nada. Krishna debe ser el primer comensal. Luego, ojalá recién bañada, come los alimentos en una especie de ritual religioso.

Eva es delgadísima, suave y risueña. Cuenta que desde que es devota ha desarrollado más amor por todas las entidades vivientes y más entendimiento sobre el dolor de los animales. Cree firmemente en la reencarnación, en que somos seres espirituales y en el cuidado de la conciencia.

No bebe alcohol, no fuma y nunca ha probado ningún tipo de droga. Según ella es su aporte de rebeldía a una sociedad que se cae a pedazos: “No comer carne es una de las cosas más revolucionarias que puede hacer una persona joven, porque todo el sistema te está empujando a que te drogues, a que comas carne, a que tomes pisco y cerveza”. Entonces toca el tema amoroso. Aunque ha pololeado con hombres carnívoros, dice que ahora no podría hacerlo porque le sería muy difícil enseñarles a sus hijos sobre la compasión hacia los animales si el papá come carne. Para ella, igual que para el resto de los vegetarianos, el amor es verde. Nada de rojo.

Mundo verde

Vegetarianos tradicionales o veganos

No consumen ningún tipo de alimento que provenga de los animales. La carne, los huevos y la leche están erradicados de su dieta.

Lactovegetarianos

El único alimento animal que consumen junto con los vegetales y frutas es la leche.

Ovo-lacto-vegetarianos

Incorporan lácteos y huevos a su alimentación.

Frugívoros

Se nutren exclusivamente de frutas que hayan caído sin intervención humana de los árboles. En general tienen plantaciones en su propio hogar o viven en sectores rurales.

Novo vegetarianos

Eran omnívoros, es decir, ingerían todo tipo de alimentos, hasta que por razones religiosas o filosóficas adhirieron a algún tipo de vegetarianismo.

Higienistas

Sólo consumen frutas, verduras y granos pero de manera ordenada. La idea es ingerir los alimentos más livianos primero y los más pesados, como los carbohidratos, al final.

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